UNA BRUJA EN LA OICOTA

EN LA PICOTA

 

 

 Todo, a mi parecer, fue muy rápido .Aunque mi proceso  haya durado años.La Inquisición es prolija, lenta y aterradora. No hace diferencia entre los procesos de varones o hembras.. Determinan que un inculpado, siempre es culpable y por tanto acabará por confesar sus delitos.. Las torturas a las que nos someten se encargan de hacer verdaderas todas las sospechas.

 

A pesar de los años que he pasado encarcelada, de las innumerables sesiones de interrogación a las que he sido sometida  estoy tan confundida como el mismo día que los corchetes del Santo Oficio se precipitaron sobre mí en un hermoso día de primavera mientras pacíficamente trabajaba en la enmurallada huerta de mi convento donde estaba trabajando apaciblemente aquel hermoso día de primavera, último que vería la campiña  y disfrutaría del sol.

Antes que pudiera reaccionar alcancé a ver dos siluetas que se precipitaban sobre mí, me arrojaban cara contra la tierra, retorcían y amarraban mis manos a la espalda y apretadamente mis tobillos, poniéndome una pesada capucha en la cabeza que apenas me dejaba respirar.

Quedé íntimamente espantada por aquellos dos hombres  jamás vistos  hasta entonces dentro de mi monasterio. Me arrastraron semi levantada arando con mis pies encadenados la tierra como en la más horrible de  las pesadillas nocturnas.

Al principio de mi espanto supuse que eran sarracenos que  como solía ocurrir y había escuchado, atacaban en audaz golpe de mano  asaltando conventos para saquearlos y llevar  esclavos a Argel. Más dudosa quedé cuando horas más tarde después de muchas horas de carreta, me encontré encadenada a un muro en una oscura y húmeda mazmorra

Cuando, muchos días después  me condujeron a mi primer interrogatorio se me notificó que me encontraba en las “piadosas” manos de la Inquisición no podía comprender ni el motivo  por el que había sido encarcelada y menos el terrible trato  que me habían dado, mi desnudez y como parecía condenada, antes de conocer mis delitos. Me parecía inconcebible, que la Santa Iglesia me tratase así por algo que me parecía un terrible error.

Se me comunicó que había sido delatada por  piadosas y venerables testigos y que se sabía que yo era bajo el hábito religioso una desnaturalizada bruja que mantenía demás relaciones íntimas con el diablo en orgías nocturnas en mi celda monacal.

Horrorizada ante tamaños despropósitos me mantuve  largo tiempo inflexible defendiendo mi inocencia. Este proceder ingenuo  fue el comienzo de sufrimientos inimaginables pues juzgada contumaz sería digna de los tratamientos más denigrantes.

La debilidad de mi cuerpo  maltratado,, el terror a la “hoguera” en que desde una ventana me hicieron presenciar un “autodefé” en que los horribles alaridos de los ajusticiados resonaron  durante meses en mis oídos en las pesadillas de mi mazmorra hicieron que confesase algo de lo que ellos querían. Los detalles escabrosos  y obscenos las torturas de mis pies quemados y mis pechos desgarrados hicieron que sin imaginación describiese lo que hacían con frecuencia los carceleros conmigo en sus momentos de esparcimiento y borrachera. Así pasaron años en que interrogadores y jueces terminaron mi proceso.

 

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La sentencia que me leyeron fue muy larga y pública. Por primera vez me vistieron con una túnica para que no exhibiese mi cuerpo llagado y mutilado ante los venerables sacerdotes. Se atestiguaba en ella que mi pena había sido aminorada debido a mi “espontánea” confesión y arrepentimiento. Por tanto no se me condenaba a la hoguera, especialmente debido a mi juventud pero que por ello mismo tenía que ser un castigo ejemplarizador para el pueblo.

 

”otrosì, la susodicha sor Engracia confesa de  contubernio con el demonio habiendo mantenido comercio carnal con el mismo repetidas veces; otrosi cultivando y proporcionando plantas diabólicas que administraba a sus hermanas del monasterio con fines maléficos… otrosi habiendo  intentado aprender a leer siendo así que no era  hermana de coro sino destinada a oficios serviles..

Determinamos que merece sufrir la penas destinadas a las mujeres públicas y hechiceras…Otrosi determinamos que desnuda sin nada que cubra sus vergüenzas que no dudo en ofrecer al Maligno, sea paseada por la ciudad en cabalgadura vil…Otrosi que recibirá en la picota en día de mercado, por mano de verdugo, en todo el cuerpo, trescientos azotes y deberá permanecer  ayunando  para el escarnio y escarmiento público, durante tres días en la picota… Otrosi ejecutada la sentencia será conducida con escarnio hasta los calabozos del Santo Oficio donde permanecerá ayunando a pan y agua hasta que el Creador disponga de su alma…”

 

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Creía que  ya nada me importaba y que ya había sufrido cuanto se puede sufrir. Es terrible escuchar una sentencia por crímenes que no se ha cometido pero escuchar aquella despiadadas palabras consciente  de la propia inocencia es atroz.

Luego vino la terrible y larga espera de que la atroz sentencia se lleve a cabo de tal manera que una desea frente a los delirios de su imaginación, sea ejecutada cuanto antes. Aun en esto, la Inquisición es lenta y destructiva.

En aquellos días angustiosos trataba de  comprender en que había consistido mi crimen de “contubernio con el diablo” según rezaba la sentencia. Yo que había llegado virgen a estos calabozos e ignorante de todo comercio carnal antes de ser violada frecuentemente por mis carceleros en noches de infierno y lujuria. Ahora, si, me considero pecadora pública después de las vejaciones a las que me han sometidos los servidores de esos que se llaman Siervos de Dios. Pero aun siendo pecadora ¿por qué deberé ser expuesta a la vergüenza y ludibrio públicos, cuando a ellas se las cubre, al menos, con sucios paños sus intimidades frente al escarnio de las gentes?

 

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Ha llegado el día  tan temido. La sentencia ordenaba que se me castigase en un día de mercado. Pero para mi ejecución se buscó el uno de los días más señalados, el Miércoles Santo, día en que acuden masivamente a la ciudad los aldeanos de toda la comarca.

Aun no había amanecido cuando me sacaron  con enormes cadenas al patio. Desnuda y transida de frío debí esperar bajo la persistente llovizna que se fuese formando el cortejo. Trajeron un asno sarnoso y cubierto de repugnantes llagas encima del cual me hicieron montar a horcajadas  mirando hacía atrás. Para ello tuvieron que darse la tarea de desencadenar y volver a encadenar mis tobillos ya lacerados por el porte  continuo de fierros y cepos. Mis manos, encadenadas a la espalda fueron sujetas al arzón de forma que permaneciese bien derecha, erguida, inmóvil y expuesta a la vergüenza. Bien instalada en mi infame cabalgadura. Se abrieron las enormes puertas y comenzó a ordenarse el desfile que debía pasearme por las calles de la ciudad.

Primeramente iban los trompeteros sonando los instrumentos. Les seguían los pregoneros que en momentos determinados, detenido el cortejo, anunciaban mis crímenes y su castigo ejemplarizador. Soldados a caballo. Dos verdugos encapuchados que llevaba del ronzal a mi asno. Otros dos verdugos con cortos látigos me escoltaban.. Finalmente la guardia  de soldados de a pie.

En cada detención del cortejo los pregoneros no solamente anunciaban mis delitos, sino que animaban al gentío a que ejecutasen la venganza de Dios sobre mi, señal para que las gentes arrojasen sobre mí insultos, inmundicias y piedras. Algunos más atrevidos se acocaban y me escupían en la cara. Un verdugo  daba láxenla de una nueva partida descargando un latigazo en alguna parte de mi indefenso cuerpo y la procesión caminaba  hacía una nueva estación de ludibrio.

Cuando llegamos a la plaza del mercado  en una agonía de frío, dolor y asco, nos esperaba un inmenso gentío. La procesión avanzaba con dificultad hacia la picota, a pesar que los verdugos utilizaban enérgicamente sus látigos sobre las gentes para abrirnos paso

Se trataba del mismo cadalso donde se ejecutaba a aquellos condenados  a la hoguera y donde vi consumirse agoniza desde lejos a los pobres condenados. Un alta barra de fierro con un travesaño móvil en que se mantiene a caballo el condenado. Esta barra tiene dos cuernos que penetran o sujetan, (según sea varón o hembra), y lo mantienen dolorosamente fijo. Los pies no deben tocar el suelo para que las plantas puedan quedar expuestas a latigazos  que se utilizan para sacarlos de sus desmayos cuando caen en ellos. Las condenados a las llamas quedan solamente sujetos por el cuello por el garrote que en los casos benignos les aplicarán antes de ser quemados.

Bajada de mi cabalgadura, me tuvieron que llevar en vilo hasta la picota pues el desmesurado peso de mis cadenas me impedía caminar. Me sujetaron a la picota de la forma horrible que había visto pero añadieron una crueldad estirando bárbaramente mis brazos sobre mi cabeza para que mi cuerpo quedase mejor expuesto al castigo.

Apretaron lentamente el garrote hasta que mi nuca quedase  fuertemente en la barra vertical, Me sentía cosida a aquellos fierros sin poder hacer el menor movimiento  y parecía como si fuera una excrescencia de los mismos. Únicamente habían colocado entre el collar de fierro que rodeaba y apretaba mi garganta un grueso fieltro. Luego sabría que para que en  mis espasmos de dolor no me rebanase el cuello. La multitud que nos rodeaba había callado expectante mientras los verdugos me preparaban para el tormento.

Sonaron las trompetas y el pregonero lenta y claramente leyó completamente mi sentencia. Mientras tanto yo agonizaba de miedo y angustia atormentada por los gruesos fierros que habían penetrado en mi cuerpo sobre los que estaba sentada. Esperaba que mi posición cara a la multitud era solamente vejatoria y que como se hacía con el resto de los reos el castigo lo recibirá en las espaldas. Ignoraba que se había decretado que debería recibirlo en las partes con que había pecado.

Leída la sentencia un clérigo se acercó a los verdugos y les amonestó que deberán tratar que mis partes pudendas no sirviesen de pecado al pueblo. Alo que el verdugo  principal respondió que pronto  serían motivo de lástima y compasión.

Retirado el clérigo uno de los verdugos tomó un gong y el otro se colocó frente a mi. Sonó el gong y restalló el látigo sobre mi cuerpo en mis partes más sensibles. Sonó y el dolor me enloquecía haciéndome retorcer sobre mis ataduras. Los verdugos saben bien su oficio. Demuestran su maestría ante el público por las contorsiones y aullidos del pobre condenado. Este les aclama como en las corridas de toros. Cuando caía desmallada ellos sabían golpear en determinadas partes de manera que una recobra el sentido en un espasmo horroroso. Azotan especialmente las plantas de los pies y una se despierta como si el latigazo subiese por dentro del cuerpo hasta la cabeza. Creo que todo tiene un límite y el castigo continuó, como luego supe, como quien azota un cuerpo muerto.

Solamente acuerdo que desperté cuando una anciana desconocida y piadosa me hacía beber algo y luego empezaba a lavar mi cuerpo delicadamente con una esponja, pero que yo gritaba porque sentía como si me arrancase la piel en cada movimiento. Ella mientras tanto sollozaba y me decía:

·   ¡Pobre hija mía! ¡Como te han dejado! ¡Eres una pura yaga desde la coronilla a los dedos de tus pies! ¡nada han respetado de tu cuerpo que es el templo de Dios! ¡Como un cristiano puede hacer semejante castigo!

·   ¡Calla, mujer estúpida! –bramo un guardia- eso no es templo de Dios sino estercolero del diablo. Mejor cállate, te puede escuchar algún santo Inquisidor y darte un castigo por más que seas “cristiana vieja” si es que lo eres. Puede ser que no seas sino una “marrana” buena para la hoguera.

·   Hijo mío, yo no sé que pecados pueda haber cometido esta criatura de Dios pero si sé que este castigo clama al cielo. Muy santa es nuestra religión, pero nunca el buen Jesús podría aceptar  este horrible castigo.

·   ¡Cállate ya, vieja parlanchina si no quieres que con el cuento de mi lanza te agarre a palos! Esta puta diabólica recibe en su cuerpo un castigo  adecuado  por habérselo ofrecido a Satanás. Si te permito que la atiendas, no es por ella, sino por la costumbre que las mujeres piadosas atiendan a los condenados y nos libren de sus inmundicias.

·   ¡Animo, hija mía! Aun te queda mucho por padecer Va a ser una larga agonía estos tres días que permanecerás aquí al escarnio público. Serás como  Jesús en la cruz El también sufrió siendo inocente y yo creo que tu lo eres.

 

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Efectivamente en los días que permanecí en la picota recibí injurias, me arrojaron desperdicios sobre mi pobre cuerpo y piedras… Mucho de ello apenas lo sentí sumergida en una nube en que el dolor se confundía con la negrura.

En el frío de las noches el fierro sobre el que estaba a caballo y en el que se apoyaba mi espalda herida, me quemaba como fuego. De nuevo personas piadosas conseguían sobornar a mis guardianes y trataban de darme algún alivio a riesgo de ser denunciada y duramente castigadas..

En un estado de lucidez como en sueños apenas me dí cuenta que me arrastraban y que atravesada en alguna cabalgadura como un saco cualquier era llevada de nuevo a la prisión

 

Ignoro cuanto tiempo ha pasado después de mi  castigo. En la negrura de mi calabozo no se puede contar el tiempo y además he pasado parte de él en horribles pesadillas en que mi tortura parecía repetirse interminablemente..

Mi cuerpo  es una yaga maloliente. Un cuerpo hermoso y puro hasta que me trajeron a este lugar tenebroso y hediondo. Ahora está  recubierto de una costra y rezumante de humores tanto como lo puedo palpar debido a las cadenas que me sujetan  a la pared y al piso.

Sé muy bien que ya me queda poco tiempo  par disputar a las ratas el pan y agua que me traen dos veces al día. El Creador, como reza la sentencia vendrá muy pronto por mí.

Cuando me arrastraron a estas mazmorras para purificar la Fe que yo, según mis denunciantes y ellos, había ultrajado, era aun virgen y pura, ignorante de todo contacto carnal, consagrada a Dios en mi Monasterio. Ahora ya no puedo creer en nada. Ni en Dios que no ha escuchado mis súplicas, ni mis alaridos de torturada injustamente. Tampoco en seres humanos que me han violado, ultrajado, torturado y animalizado. Menos aun en una Iglesia que con el páulo de  purificar la Fe da oídos a denuncias  y mediante la tortura arranca confesiones de algo qué nunca se hizo.

…! Que la maldición de una mujer agonizante en la tortura  y el horror caiga sobre todos aquellos que me destruyeron como ser humano en honor de cosas que ni ellos mismo creen…!

 

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Murió en el pecado en que había vivido. Desesperada. Impenitente. Tan impía como fue su vida ha sido su muerte. Determino:

 

 No es digna de reposar en suelo sagrado de un cementerio.

Que su cuerpo sea enterrado en el estercolero público.

Este sea el fin de todos los impíos como ella.

 

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