UNA BRUJA EN LA OICOTA
EN
A
pesar de los años que he pasado encarcelada, de las innumerables sesiones de
interrogación a las que he sido sometida
estoy tan confundida como el mismo día que los corchetes del Santo
Oficio se precipitaron sobre mí en un hermoso día de primavera mientras
pacíficamente trabajaba en la enmurallada huerta de mi convento donde estaba
trabajando apaciblemente aquel hermoso día de primavera, último que vería la
campiña y disfrutaría del sol.
Antes
que pudiera reaccionar alcancé a ver dos siluetas que se precipitaban sobre mí,
me arrojaban cara contra la tierra, retorcían y amarraban mis manos a la
espalda y apretadamente mis tobillos, poniéndome una pesada capucha en la
cabeza que apenas me dejaba respirar.
Quedé
íntimamente espantada por aquellos dos hombres
jamás vistos hasta entonces
dentro de mi monasterio. Me arrastraron semi levantada arando con mis pies
encadenados la tierra como en la más horrible de las pesadillas nocturnas.
Al
principio de mi espanto supuse que eran sarracenos que como solía ocurrir y había escuchado,
atacaban en audaz golpe de mano
asaltando conventos para saquearlos y llevar esclavos a Argel. Más dudosa quedé cuando
horas más tarde después de muchas horas de carreta, me encontré encadenada a un
muro en una oscura y húmeda mazmorra
Cuando,
muchos días después me condujeron a mi
primer interrogatorio se me notificó que me encontraba en las “piadosas” manos
de
Se
me comunicó que había sido delatada por
piadosas y venerables testigos y que se sabía que yo era bajo el hábito
religioso una desnaturalizada bruja que mantenía demás relaciones íntimas con
el diablo en orgías nocturnas en mi celda monacal.
Horrorizada
ante tamaños despropósitos me mantuve
largo tiempo inflexible defendiendo mi inocencia. Este proceder
ingenuo fue el comienzo de sufrimientos
inimaginables pues juzgada contumaz sería digna de los tratamientos más
denigrantes.
La debilidad de mi
cuerpo maltratado,, el terror a la
“hoguera” en que desde una ventana me hicieron presenciar un “autodefé” en que
los horribles alaridos de los ajusticiados resonaron durante meses en mis oídos en las pesadillas
de mi mazmorra hicieron que confesase algo de lo que ellos querían. Los
detalles escabrosos y obscenos las
torturas de mis pies quemados y mis pechos desgarrados hicieron que sin
imaginación describiese lo que hacían con frecuencia los carceleros conmigo en
sus momentos de esparcimiento y borrachera. Así pasaron años en que
interrogadores y jueces terminaron mi proceso.
++++++
La
sentencia que me leyeron fue muy larga y pública. Por primera vez me vistieron
con una túnica para que no exhibiese mi cuerpo llagado y mutilado ante los
venerables sacerdotes. Se atestiguaba en ella que mi pena había sido aminorada
debido a mi “espontánea” confesión y arrepentimiento. Por tanto no se me
condenaba a la hoguera, especialmente debido a mi juventud pero que por ello
mismo tenía que ser un castigo ejemplarizador para el pueblo.
…”otrosì, la susodicha sor Engracia confesa
de contubernio con el demonio habiendo
mantenido comercio carnal con el mismo repetidas veces; otrosi cultivando y
proporcionando plantas diabólicas que administraba a sus hermanas del
monasterio con fines maléficos… otrosi habiendo intentado aprender a leer siendo así que no
era hermana de coro sino destinada a
oficios serviles..
Determinamos
que merece sufrir la penas destinadas a las mujeres públicas y hechiceras…Otrosi
determinamos que desnuda sin nada que cubra sus vergüenzas que no dudo en
ofrecer al Maligno, sea paseada por la ciudad en cabalgadura vil…Otrosi que
recibirá en la picota en día de mercado, por mano de verdugo, en todo el
cuerpo, trescientos azotes y deberá permanecer
ayunando para el escarnio y
escarmiento público, durante tres días en la picota… Otrosi ejecutada la
sentencia será conducida con escarnio hasta los calabozos del Santo Oficio
donde permanecerá ayunando a pan y agua hasta que el Creador disponga de su
alma…”
++++++
Creía
que ya nada me importaba y que ya había
sufrido cuanto se puede sufrir. Es terrible escuchar una sentencia por crímenes
que no se ha cometido pero escuchar aquella despiadadas palabras consciente de la propia inocencia es atroz.
Luego
vino la terrible y larga espera de que la atroz sentencia se lleve a cabo de
tal manera que una desea frente a los delirios de su imaginación, sea ejecutada
cuanto antes. Aun en esto,
En
aquellos días angustiosos trataba de
comprender en que había consistido mi crimen de “contubernio con el
diablo” según rezaba la sentencia. Yo que había llegado virgen a estos
calabozos e ignorante de todo comercio carnal antes de ser violada
frecuentemente por mis carceleros en noches de infierno y lujuria. Ahora, si,
me considero pecadora pública después de las vejaciones a las que me han
sometidos los servidores de esos que se llaman Siervos de Dios. Pero aun siendo
pecadora ¿por qué deberé ser expuesta a la vergüenza y ludibrio públicos,
cuando a ellas se las cubre, al menos, con sucios paños sus intimidades frente
al escarnio de las gentes?
++++++
Ha
llegado el día tan temido. La sentencia
ordenaba que se me castigase en un día de mercado. Pero para mi ejecución se
buscó el uno de los días más señalados, el Miércoles Santo, día en que acuden
masivamente a la ciudad los aldeanos de toda la comarca.
Aun
no había amanecido cuando me sacaron con
enormes cadenas al patio. Desnuda y transida de frío debí esperar bajo la
persistente llovizna que se fuese formando el cortejo. Trajeron un asno sarnoso
y cubierto de repugnantes llagas encima del cual me hicieron montar a
horcajadas mirando hacía atrás. Para
ello tuvieron que darse la tarea de desencadenar y volver a encadenar mis
tobillos ya lacerados por el porte
continuo de fierros y cepos. Mis manos, encadenadas a la espalda fueron
sujetas al arzón de forma que permaneciese bien derecha, erguida, inmóvil y
expuesta a la vergüenza. Bien instalada en mi infame cabalgadura. Se abrieron
las enormes puertas y comenzó a ordenarse el desfile que debía pasearme por las
calles de la ciudad.
Primeramente
iban los trompeteros sonando los instrumentos. Les seguían los pregoneros que
en momentos determinados, detenido el cortejo, anunciaban mis crímenes y su
castigo ejemplarizador. Soldados a caballo. Dos verdugos encapuchados que
llevaba del ronzal a mi asno. Otros dos verdugos con cortos látigos me
escoltaban.. Finalmente la guardia de
soldados de a pie.
En cada detención del
cortejo los pregoneros no solamente anunciaban mis delitos, sino que animaban
al gentío a que ejecutasen la venganza de Dios sobre mi, señal para que las
gentes arrojasen sobre mí insultos, inmundicias y piedras. Algunos más atrevidos
se acocaban y me escupían en la cara. Un verdugo daba láxenla de una nueva partida descargando
un latigazo en alguna parte de mi indefenso cuerpo y la procesión caminaba hacía una nueva estación de ludibrio.
Cuando
llegamos a la plaza del mercado en una
agonía de frío, dolor y asco, nos esperaba un inmenso gentío. La procesión
avanzaba con dificultad hacia la picota, a pesar que los verdugos utilizaban
enérgicamente sus látigos sobre las gentes para abrirnos paso
Se
trataba del mismo cadalso donde se ejecutaba a aquellos condenados a la hoguera y donde vi consumirse agoniza
desde lejos a los pobres condenados. Un alta barra de fierro con un travesaño
móvil en que se mantiene a caballo el condenado. Esta barra tiene dos cuernos
que penetran o sujetan, (según sea varón o hembra), y lo mantienen
dolorosamente fijo. Los pies no deben tocar el suelo para que las plantas
puedan quedar expuestas a latigazos que
se utilizan para sacarlos de sus desmayos cuando caen en ellos. Las condenados
a las llamas quedan solamente sujetos por el cuello por el garrote que en los
casos benignos les aplicarán antes de ser quemados.
Bajada
de mi cabalgadura, me tuvieron que llevar en vilo hasta la picota pues el
desmesurado peso de mis cadenas me impedía caminar. Me sujetaron a la picota de
la forma horrible que había visto pero añadieron una crueldad estirando
bárbaramente mis brazos sobre mi cabeza para que mi cuerpo quedase mejor
expuesto al castigo.
Apretaron
lentamente el garrote hasta que mi nuca quedase
fuertemente en la barra vertical, Me sentía cosida a aquellos fierros
sin poder hacer el menor movimiento y
parecía como si fuera una excrescencia de los mismos. Únicamente habían
colocado entre el collar de fierro que rodeaba y apretaba mi garganta un grueso
fieltro. Luego sabría que para que en
mis espasmos de dolor no me rebanase el cuello. La multitud que nos rodeaba
había callado expectante mientras los verdugos me preparaban para el tormento.
Sonaron
las trompetas y el pregonero lenta y claramente leyó completamente mi
sentencia. Mientras tanto yo agonizaba de miedo y angustia atormentada por los
gruesos fierros que habían penetrado en mi cuerpo sobre los que estaba sentada.
Esperaba que mi posición cara a la multitud era solamente vejatoria y que como
se hacía con el resto de los reos el castigo lo recibirá en las espaldas.
Ignoraba que se había decretado que debería recibirlo en las partes con que
había pecado.
Leída
la sentencia un clérigo se acercó a los verdugos y les amonestó que deberán
tratar que mis partes pudendas no sirviesen de pecado al pueblo. Alo que el
verdugo principal respondió que
pronto serían motivo de lástima y
compasión.
Retirado
el clérigo uno de los verdugos tomó un gong y el otro se colocó frente a mi.
Sonó el gong y restalló el látigo sobre mi cuerpo en mis partes más sensibles.
Sonó y el dolor me enloquecía haciéndome retorcer sobre mis ataduras. Los
verdugos saben bien su oficio. Demuestran su maestría ante el público por las
contorsiones y aullidos del pobre condenado. Este les aclama como en las
corridas de toros. Cuando caía desmallada ellos sabían golpear en determinadas
partes de manera que una recobra el sentido en un espasmo horroroso. Azotan
especialmente las plantas de los pies y una se despierta como si el latigazo
subiese por dentro del cuerpo hasta la cabeza. Creo que todo tiene un límite y
el castigo continuó, como luego supe, como quien azota un cuerpo muerto.
Solamente
acuerdo que desperté cuando una anciana desconocida y piadosa me hacía beber
algo y luego empezaba a lavar mi cuerpo delicadamente con una esponja, pero que
yo gritaba porque sentía como si me arrancase la piel en cada movimiento. Ella
mientras tanto sollozaba y me decía:
·
¡Pobre
hija mía! ¡Como te han dejado! ¡Eres una pura yaga desde la coronilla a los
dedos de tus pies! ¡nada han respetado de tu cuerpo que es el templo de Dios!
¡Como un cristiano puede hacer semejante castigo!
·
¡Calla,
mujer estúpida! –bramo un guardia- eso no es templo de Dios sino estercolero
del diablo. Mejor cállate, te puede escuchar algún santo Inquisidor y darte un
castigo por más que seas “cristiana vieja” si es que lo eres. Puede ser que no
seas sino una “marrana” buena para la hoguera.
·
Hijo
mío, yo no sé que pecados pueda haber cometido esta criatura de Dios pero si sé
que este castigo clama al cielo. Muy santa es nuestra religión, pero nunca el
buen Jesús podría aceptar este horrible
castigo.
·
¡Cállate
ya, vieja parlanchina si no quieres que con el cuento de mi lanza te agarre a
palos! Esta puta diabólica recibe en su cuerpo un castigo adecuado
por habérselo ofrecido a Satanás. Si te permito que la atiendas, no es
por ella, sino por la costumbre que las mujeres piadosas atiendan a los
condenados y nos libren de sus inmundicias.
·
¡Animo,
hija mía! Aun te queda mucho por padecer Va a ser una larga agonía estos tres
días que permanecerás aquí al escarnio público. Serás como Jesús en la cruz El también sufrió siendo
inocente y yo creo que tu lo eres.
++++++
Efectivamente
en los días que permanecí en la picota recibí injurias, me arrojaron
desperdicios sobre mi pobre cuerpo y piedras… Mucho de ello apenas lo sentí
sumergida en una nube en que el dolor se confundía con la negrura.
En
el frío de las noches el fierro sobre el que estaba a caballo y en el que se
apoyaba mi espalda herida, me quemaba como fuego. De nuevo personas piadosas
conseguían sobornar a mis guardianes y trataban de darme algún alivio a riesgo
de ser denunciada y duramente castigadas..
En
un estado de lucidez como en sueños apenas me dí cuenta que me arrastraban y que
atravesada en alguna cabalgadura como un saco cualquier era llevada de nuevo a
la prisión
Ignoro
cuanto tiempo ha pasado después de mi castigo. En la negrura de mi calabozo no se
puede contar el tiempo y además he pasado parte de él en horribles pesadillas
en que mi tortura parecía repetirse interminablemente..
Mi
cuerpo es una yaga maloliente. Un cuerpo
hermoso y puro hasta que me trajeron a este lugar tenebroso y hediondo. Ahora
está recubierto de una costra y
rezumante de humores tanto como lo puedo palpar debido a las cadenas que me
sujetan a la pared y al piso.
Sé
muy bien que ya me queda poco tiempo par
disputar a las ratas el pan y agua que me traen dos veces al día. El Creador,
como reza la sentencia vendrá muy pronto por mí.

Cuando
me arrastraron a estas mazmorras para purificar
…!
Que la maldición de una mujer agonizante en la tortura y el horror caiga sobre todos aquellos que me
destruyeron como ser humano en honor de cosas que ni ellos mismo creen…!
++++++
Murió
en el pecado en que había vivido. Desesperada. Impenitente. Tan impía como fue
su vida ha sido su muerte. Determino:
No es digna de reposar en suelo sagrado de
un cementerio.
Que
su cuerpo sea enterrado en el estercolero público.
Este
sea el fin de todos los impíos como ella.
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